Pinceladas literarias: “Congelados”

Un cuento de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: “Congelados”
Pinceladas literarias

Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra. En esta ocasión con un nuevo cuento de su autoría

Congelados

La helada cubre el jardín del fondo. Apenas se ve el verde que asoma al ras de la tierra, todo lo demás es blanco hielo. Las gotas congeladas, suspendidas como un manto duro e impenetrable, visten las maderas de los cuatro bancos Istilart que forman un semicírculo. En el centro, una mesa de material empapada de rocío que moja a la paloma hecha de mosaicos. Después del desayuno, Juancho tendrá que responder a la pregunta de cada mañana.

— ¿Qué somos nosotros?

Juancho tarda en vestirse, lo ayuda la asistente. Sentado en el borde de la cama mueve el cuerpo hacia adelante y atrás para tomar envión. Rechaza la mano de la joven que intenta ponerlo de pie, pero cede cuando las piernas no se mueven. Se afeita y se viste con el suéter marrón de ochos que le tejió su nieta. Pega la nariz al vidrio helado de la ventana que da al jardín. Barre con la mirada el lugar y elige el banco en el que se sentará para esperar la pregunta de cada día.

Marucha vive a dos habitaciones de él. Todavía se viste sola. Mueve la mano hacia afuera cuando la ayudante del turno mañana le pregunta si necesita que le ate las zapatillas. Juancho también pasa a verla. Ella no se da vuelta. Parada frente a la ventana ella también elige en qué banco va a sentarse.

Juancho se sienta en la mesa del comedor más alejada a la de Marucha, algunas veces prefiere descansar. La manteca sobre sus tostadas le hace acordar al hielo que unta el césped del patio, el primer bocado se parece a los rayos de sol que empiezan a tragarse el hielo. Aleja la compotera marrón de Durax en la que su compañero de mesa guardó la dentadura. “Viejo cascarrabias”, le dice el viejo a su lado.

Media hora después las ordenanzas retiran los cacharros de las mesas, los restos de panes a medio comer y sacan los manteles arruinados por las manchas de café, de té, leche y dulce que los decoran. Juancho se seca la boca con la servilleta y, como ya pasaron las de la limpieza, la tira al piso. La mañana arrastra a la helada para otros horizontes y el sol calienta tibio. Las asistentes secan con unos trapos viejos los bancos, empujan hacia el pasto lo que queda del rocío y llevan a los pacientes para que se sienten. Antes de pasar al jardín, Juancho busca los materiales ayuda memoria que las asistentes dejan en un mueble del comedor para los ejercicios de escritura. Toma el lápiz con dificultad. Su letra es temblorosa, pero legible. Relojea a Marucha que sigue con la vista en el parque mientras la asistente le alcanza una libreta de tapas amarillas que le había traído de regalo su hija. Le dice al oído que hay que completarla, las hojas siguen en blanco, ni una sola palabra todavía. “Si querés dictámenes, yo te ayudo”, dice la asistente.

Juancho se acomoda en la punta de la tabla del banco Istilart, de lejos parece suspendido. Encorva la espalda, y se pone los lentes. Apoya el block de hojas sobre las rodillas y no levanta la cabeza cuando Marucha pasa enfrente suyo. La sigue con la mirada hasta que ella llega al banco que eligió esa mañana. La profesora de emociones apoya sus carpetas y el bolso sobre la cabeza de la paloma de mosaicos. Pide atención desde el centro del semicírculo de bancos y les dicta la consigna del día: “Hoy es el Día del Amigo, así que vamos a escribir sobre la llegada del hombre a la luna”, dice.

Juancho no espera las últimas instrucciones. Apaga el audífono y arranca a escribir con letra temblorosa: “En el barrio no todos teníamos televisor. En mi casa había uno que agarraba el canal 9 de Bahía Blanca, de la repetidora. Me levanté temprano a buscar el diario La Voz del Pueblo para leer los detalles del lanzamiento y para saber el horario de trasmisión de la llegada del hombre a la Luna. Le dije a mi mujer que organizara todo con las chicas, tenemos dos, y que, si se quedaban calladas, podían quedarse a mirar el programa. Pusimos el televisor en el medio del living y lo rodeamos con las sillas del comedor, la fiesta lo ameritaba. La imagen era borrosa y casi había que adivinar lo que pasaba, por eso le pegué unos gritos a mi mujer para que saliera al patio y moviera la antena. Después de un rato la bruma que invadía la pantalla se disipó y vimos como Neil Armstrong daba el paso que uniría a la humanidad, o eso pensamos. Grité con el locutor del programa y abracé a mi mujer que me dijo: ¡Ahora sí que somos amigos para siempre!” Fin.

Marucha sigue con la mirada en la mesa de material del parque. Se revuelca en el banco como si le picara alguna parte del cuerpo. Suspira con ruido y hace sonidos como si fueran sollozos. La asistente le pide que cuente alguna anécdota del día en el que el hombre llegó a la luna. Marucha le alcanza la libreta de tapas amarillas. “¿No querés escribir vos?”, dice al mismo tiempo que pega un grito suave cuando ella le aprieta el brazo y se lo mueve hacia abajo. “Me lastimás,mejor me siento y me dictás”.

La mujer de uniforme rosa saca del bolsillo la lapicera Bic y la apoya sobre la hoja vacía. Marucha le dicta: “Hacía frío, pero después del mediodía empezó a mejorar. Mi marido me dijo que las chicas podían mirar el programa con nosotros. Todo era un quilombo. Tuve que preparar una picada. Mi esposo me gritó más que otras veces: que ponga la tele en el medio del living, que saque las sillas del comedor, que mueva la antena. La hubiera pateado de no ser porque todos dependían de ella. Cuando él gritó emocionado después de que vimos aquel pequeño paso, me abrazó y me dijo: ¡Ahora sí somos amigos para siempre! Pensé que estaba medio ido, yo era su esposa” Fin.

La profesora de emociones aplaude y señala el reloj pulsera. Espera cinco minutos y anuncia que llegó la hora de la lectura. A su turno, Juancho se para y camina hacia el banco de Marucha. Saca del bolsillo de su pantalón la hoja con su anécdota escrita y la lee a viva voz, casi a los gritos. Llora al mencionar el hecho de aquel primer paso en la luna y al decir: Fin. Los compañeros lo aplauden, todos menos Marucha que queda para el final. La asistente le explica que va a leer su texto. Lo hace. Juancho agacha la cabeza y no sonríe, ni aplaude.Marucha espera la palabra Fin y gira hacia el hombre que le resulta conocido y para el que tiene una única pregunta:

-¿Qué somos nosotros, Juancho?